La superestrella que nadie pidió y salvó el mundo
Hay pocas cosas que me interesen menos que la televisión, los salseos y la peor época de ambos, el cambio de siglo personificado en Crónicas Marcianas. Ya lo viví con desprecio en su momento y había conseguido, para bien o para mal, olvidarlo. Así que cuando leí que Netflix estrenaba una serie sobre Tamara y el tamarismo, me debatí entre el desinterés absoluto y un ligero asco. ¿Por qué? ¿Para qué rebuscar en la mierda? ¿Qué quedaba por contar de algo que se retransmitió hasta la saciedad con la desvergüenza y el morbo del porno malo?
Sin embargo, lo había hecho Nacho Vigalondo y ahí levanté una ceja. A él siempre hay que darle el beneficio de la duda. Y nadie como Nacho sabe moverse en el terreno pantanoso de la vergüenza ajena y la valentía. Quizás. Entonces llegaron las primeras críticas y despejé las dudas. Gente bonita de la que me fío decía cosas muy bonitas de la serie. Así que me sumergí y me encantó. Me fascinó, me enganchó, me afectó, me removió, me sacó sonrisas y me ha tenido varios días dando vueltas a cómo contar por qué me parece tan buena. Así que me dispongo a intentarlo con una enumeración de reflexiones que, ojo, pueden contener spoilers menores. Si no has visto Superestar, sal ahora mismo de aquí, ve a verla y vuelve cuando la hayas digerido. Vamos allá.
- Sin querer destripar la estructura y el enfoque de la serie, se trata de una de esas raras apuestas que parece obvia solo cuando la ves. Claro, claro que sí. Por supuesto que esta es la única forma de contar esta historia. Hacer fácil lo difícil y ver lo obvio antes que nadie son dos de las virtudes quizás más infravaloradas en el arte (y en general en la vida). Desde el primer minuto pasas del «espera, un momento, esto en realidad no…» al «dámelo todo, Nacho, estoy dentrísimo».
- Rebosa cariño, respeto y ternura en cada plano. No hay una pizca de crueldad en ningún momento de los seis episodios. De nuevo, ahora parece obvio que esta es la única forma de contarlo: la única forma de poder entender a estos personajes es darles lo contrario de lo que recibieron durante su vida: una crueldad infinita. Incluso la mala gente merece el respeto suficiente para contar su versión de la historia. Incluso el merecido y nefasto final de algunos de los personajes te lo sirve la serie con una cuchara de amabilidad.
- Revivimos una historia que vivimos todos y justamente por eso es importante contar lo que no vimos, aunque sea mentira. O precisamente por eso. La forma correcta de intentar acercarse a una verdad llena de mentiras (como todas las verdades) es, claro, con un montón de mentiras. ¿No es así como nos contamos nuestra propia historia?
- El último capítulo es una maravilla. Todos lo son, pero el broche final me parece un regalo para todos. Regalarle a Tamara la posibilidad de entenderse desde fuera es de una generosidad enorme, poder salir del pozo de mierda para poder decidir si vale la pena entrar en él.
- Los actores y actrices están soberbios. Interpretar (que no imitar) alguien que todos vimos no debe ser tarea fácil y lo sacan con brillantez. Y bueno, pensaba que Gurruchaga estaba muerto y que Albert Plà solo sabía interpretarse a si mismo, así que añado varias agradables sorpresas.
- La atención al detalle y las incontables referencias te obligan a parar de vez en cuando para darle tiempo a tu cerebro a pillarlo todo. Estoy seguro de que me he dejado 300 referencias, a pesar de haber pillado al vuelo unas cuantas. Parece una tontería, pero ver que hay tanto mimo puesto en algo debería ser imprescindible en cualquier obra artística.
- Me pregunté des del primer minuto cómo entenderá la serie alguien que no sepa quién es Tamara, que no lo viviera o, peor aún, que no entienda ninguna referencia cultural. Por un lado, temo que quizás no entiendan nada de nada y se pierdan una perla atada a un nicho demográfico y temporal demasiado concreto, pero por otro lado me imagino la irrepetible sorpresa de descubrir, después de ver la serie, que todo esto sucedió de verdad. Confío en que el festín de estilos y el desenfreno artístico de la serie sea suficiente para embriagar a cualquiera que pase por ahí.
- Una vez vista la serie, me debato entre querer saber más (¿con quién contactaron, quién quiso participar, cómo se documentaron?) y cerrar esta etapa con el buen sabor de boca de dejar descansar en paz a gente que sufrió (a la que hicimos sufrir) mucho. Creo que me quedaré con la historia bonita que trae justicia poética. Aunque esté llena de mentiras.